Últimamente han aparecido estudios que sugieren que alrededor del 15% del material particulado en Santiago provendría de la combustión de leña.
Por otra parte, como las estufas y chimeneas de combustión lenta son los únicos artefactos de uso corriente en que se permite quemar leña, se ha dado a entender que el origen del problema estaría en el uso de estos calefactores y que la solución de largo plazo sería prohibir su uso.
¿Es razonable pensar que el problema esté en las estufas con doble cámara?
Se trata de un supuesto, por decir lo menos, cuestionable. Si recorremos las calles de Santiago, sobre todo en sectores en proceso de urbanización, es relativamente común observar cómo se queman restos de madera (muchas veces húmeda) al aire libre, sin ningún sistema de control de emisiones. También podemos observar, sobre todo en sectores de menores ingresos, cómo de las chimeneas de muchas casas salen humos visbles provenientes de la combustión de leña, los cuales no son propios de una estufa de combustión lenta medianamente bien operada. Así las cosas, es razonable suponer que, del material particulado proveniente de la combustión de leña, una parte no menor proviene de la combustión de otras fuentes, como lo son las prohibidas salamandras y chimeneas tradicionales, así como de la quema de madera y otros restos vegetales al aire libre.
¿Está el problema en el combustible?
Cuando se quema un combustible en forma perfecta, lo que sale por la chimenea es, casi en su totalidad, anhídrido carbónico y vapor de agua, es decir, las mismas sustancias que emitimos al respirar. Se trata de sustancias químicamente neutras, que difícilmente podrían causar daño a la salud. El único daño esperable de estas sustancias es el cambio climático generado por el aumento de anhídrido carbónico. Sin embargo, este efecto negativo no se aplica al caso de los combustibles de origen vegetal proveniente de plantaciones, como la leña, ya que el CO2 emitido durante la combustión es el mismo CO2 que el árbol absorbió de la atmósfera durante su crecimiento.
¿De dónde proviene el material particulado, entonces?
De los procesos de combustión imperfectos. De hecho, los humos visibles que salen de algunas chimeneas y motores no son más que combustible quemado a medias y su concentración depende en gran medida de cómo se quema el combustible. Por lo tanto, el nivel de material particulado emitido depende en una medida importante de la tecnología empleada durante la combustión.
¿Es difícil quemar bien la leña?
En general, un combustible sólido es más difícil de quemar correctamente que un combustible gaseoso. Por lo mismo, para construir una estufa a leña ambientalmente amigable se deberá invertir en un buen sistema de control de emisiones, lo cual no suele ser necesario en el caso de estufas a gas. Normalmente, estos sistemas consisten en una segunda cámara de combustión, diseñada especialmente para quemar el combustible que no se terminó de consumir en la primera cámara. Sin embargo, esta no es la única tecnología disponible. De hecho, en otros países como EEUU se comercializan estufas que, adicionalmente, poseen un convertidor catalítico que permite quemar aún mejor el combustible.
¿Hasta qué punto depende el nivel de emisiones de la tecnología empleada?
La tecnología es un factor
importantísimo. Una forma de cuantificar el efecto contaminante
de una estufa es ver cuántos milígramos de material particulado
emite por cada mega-Joule de
calor
entregado a la habitación.
De acuerdo a estudios neozelandeces, una salamandra o una
chimenea tradicional emite unos 490 mg por cada Mega-Joule de
energía
consumida. Sin embargo,
si tomamos en cuenta que entre el 85% el 90% del calor se pierde
por el cañón en el caso de las chimeneas y del orden del 65% en el
caso de las salamandras, el nivel de contaminación se dispara a unos 3200 a
4900 mg/MJ de calor entregado a la habitación para las chimeneas y unos 1400
mg/MJ en el caso de las salamandras. Por otra parte,
se estima que un calefactor con doble cámara de los comercializados
en Chile emite entre 100 y 300 milígramos de material particulado
por cada Mega-Joule de calor entregado a la habitación; es decir,
del orden de una décima parte de lo que contamina una salamandra.
A su vez, si revisamos catálogos de calefactores a leña alemanes y
austríacos, nos encontramos con estufas cuya cámara de
post-combustión es más grande y sofisticada que las empleadas
en Chile y cuyo nivel de emisiones se encuentra entre los 10 y los 15
milígramos por cada Mega-Joule de calor entregado a la habitación,
o sea, alrededor de la décima parte de lo que contamina una estufa
de combustión lenta típica.
Como podemos ver, calefaccionar con salamandras puede resultar
unas cien veces más contaminante que hacerlo con calefactores con
tecnología de punta. Asimismo, si lográramos eliminar las quemas de
madera al aire libre y reemplazar las
estufas a leña por calefactores de última generación, podría aumentar
decenas de veces el número de hogares calefaccionados con leña y,
a la vez, disminuir en forma importante la
contaminación
asociada a este combustible.
¿Qué dicen las normas de emisión que se están implementando?
Actualmente se está tramitando
una norma de emisión que pretende limitar gradualmente las emisiones
de material particulado. El anteproyecto en cuestión establece que desde
su puesta en vigencia los calefactores a leña comercializados
deberán emitir un máximo
de 320 mg/MJ de calor útil, disminuir a 160 mg/MJ en el segundo año, a
80 mg/MJ en el tercer año y a 40 mg/MJ a partir del séptimo
año de su aplicación. Como referencia, podemos mencionar que la
norma austríaca vigente desde 1999 permite un máximo de 60 mg/MJ.
De lo anteriormente expuesto, podemos concluir que, aunque la norma
estudiada constituye un avance importante, sigue siendo relajada si
se toma en consideración lo que la tecnología actualmente utilizada
en otros países permite lograr.
¿Es razonable pensar en prohibir los calefactores a leña en Santiago?
Probablemente no tenga mucho
sentido habiendo estufas que permiten quemar la leña en forma limpia.
Un cálculo preliminar nos sugiere que las 75 000 estufas de doble
cámara que se supone que existirían en Santiago podrían ser
reemplazadas por unas 750 000 estufas a leña con tecnología de punta,
sin que aumentaran los niveles de material particulado.
Si consideramos que, además, existen otras fuentes como las ilegales
salamandras posibles de reemplazar, pareciera ser tecnológicamente
factible calentar un millón de casas con leña.
¿Es razonable pensar que llegaremos a tener un millón de estufas a leña en Santiago?
Probablemente no ya que, si bien la leña es un combustible que nos entrega calor a bajo costo, es un tanto incómodo de manejar. Esto hace que muchas personas prefieran pagar un poco más en combustible y olvidarse de alimentar su estufa en forma manual.
¿Deberíamos pensar en reemplazar las estufas de doble cámara existentes por calefactores de última tecnología?
No en el corto plazo. Lo lógico es
partir reempazando las fuentes más contaminantes, como lo son las
salamandras tradicionales. Reemplazar una salamandra por un
calefactor con doble cámara típico es más barato, permite ahorrar
más leña y genera una redución de emisiones mayor que reemplazar un
calefactor con doble cámara típico por uno con tecnología de punta.
Por otra parte, según algunos fabricantes, si todos los calefactores
a leña fuesen de doble cámara, éstos generarían apenas el 3% del
material particulado de Santiago. De ser correcta esta estimación,
habría bastante espacio para reducir emisiones reemplazando las
fuentes ilegales de contaminación por leña.
¿Qué consecuencias tendría una prohibición en el uso de estufas a leña?
Calefaccionar con leña cuesta
alrededor de la mitad de lo que cuesta calefaccionar con parafina
y, si hacemos la comparaión con el gas licuado o la electricidad,
la diferencia es aún mayor. Por lo mismo, ante una prohibición
de este tipo, un consumidor tendrá que elegir entre las siguientes
opciones:
-Duplicar o triplicar el presupuesto destinado a calefacción, bajando
su poder adquisitivo.
-Calefaccionar menos, probablemente con estufas portátiles que
generan contaminación intradomiciliaria, aumentando el riesgo
de sufrir enfermedades respiratorias.
-Invertir en
bombas de calor
u otro sistema de alta
eficiencia.
Sin embargo, quien tenga el presupuesto para financiar un
sistema de este tipo es poco probable que se calefaccione con
leña.
-Violar la ley y consumir leña en forma clandestina.
¿Se reduciría la contaminación prohibiendo el uso de leña?
Las primeras consecuencias
de una prohibición de este tipo sería que se pondría fin al mercado
formal de la leña y al reemplazo de estufas por modelos menos
contaminantes.
Transportar leña seca para abastecer a quienes violen la ley
resultará difícil. Sin embargo, no habrá mayores dificultades para
transportar leña húmeda bajo el rótulo de restos de poda.
Se echará por tierra toda posibilidad de educar a los consumidores
de leña para que usen correctamente sus estufas, ya que se estaría
promoviendo una actividad ilegal.
En resumen, se consumirá menos leña, pero quienes sigan
consumiendo probablemente consumirán leña húmeda, contaminando
bastante más de lo que contaminan hoy en día. Asimismo, quienes
respetan la ley deberán elegir entre asumir un costo monetario no
menor o pasar frío.
Por otra parte, muchos usuarios reemplazarán el consumo de un recurso
renovable, como lo es la leña, por combustibles fósiles que agravan el
efecto invernadero.
¿Se generaría un problema de abastecimiento enegético si se reemplazara la leña por otras fuentes de energía?
Una estufa de combustión
lenta típica es capaz de entregar unos 5500 watts de calor útil a
la habitación. Esto es el equivalente a unas 90 ampolletas convencionales de 60
watts.
Si tomamos en cuenta que en Santiago hay unas 75 000 estufas de este
tipo, tenemos una
potencia
conjunta de más de 400 megawatts;
esto equivale aproximadamente a lo que es capaz de generar la
central hidroeléctrica de Colbún.
Si bien es cierto que no todas las estufas están encendidas simultáneamente
y que, en un escenario de sustitución, los usuarios migrarían a distintas
fuentes (electricidad, gas natural, gas licuado, kerosene, etc.),
es razonable esperar un incremento no menor en el consumo de electricidad
y gas natural.
Así las cosas, es probable que en un escenario de abastecimiento
energético normal, las empresas proveedoras de electricidad y gas
natural puedan hacer frente a la mayor demanda. Sin embargo, en una
situación de fragilidad en la oferta, existe el riesgo que se genere uno
que otro trastorno.
¿Se podrá fiscalizar a quienes violen una prohibición de este tipo?
Sí, aunque a un alto costo y con dificultad. Cuando más se calefacciona es de noche, en momentos en que las personas regresan de sus lugares de trabajo, y una estufa deberá contaminar bastante para ser detectada a oscuras desde la calle. Por lo mismo, para detectar estufas que emitan cantidades moderadas de humo se necesitaría un gran número de fiscalizadores ingresando casa por casa, quienes tampoco podrán trabajar hasta altas horas de la noche, cuando la mayoría de las personas duerme.
¿Qué consecuencias tienen los anuncios sobre futuras prohibiciones?
Es probable que este tipo de anuncio lleve a muchos consumidores a tomar decisiones de corto plazo. Invertir en calefactores a leña sigue siendo atractivo, ya que la inversión se recuperaría probablemente antes de que concrete una medida de este tipo. Sin embargo, resulta poco atractivo invertir una cantidad de dinero mayor en un buen calefactor a leña con bajos niveles de emisión.
¿Cuál debería ser la política a seguir para reducir la contaminación por leña?
Existen al menos dos líneas de
acción en que se debería tabajar: Lograr el reemplazo de los
calefactores más contaminantes por modelos de mejor tecnología y
lograr que los dueños de estos artefactos los operen correctamente.
Reemplazar una salamandra o un calefactor antiguo por uno nuevo
de alta
eficiencia
es un buen negocio debido a la cantidad de leña
que se ahorra. Sin embargo, es una inversión que muchos evitan hacer,
ya sea por desconocimiento o porque temen perder su dinero ante una
prohibición de uso. Una política clara de largo plazo por parte del
gobierno acerca de las normas que regirán a estos artefactos, la
publicación de estudios comparativos de distintos modelos de estufas, así como
una buena campaña informativa sobre los beneficios económicos
de usar calefactores nuevos podría ayudar bastante en ese sentido.
Aunque no existe mucha conciencia sobre el tema, operar correctamente
un calefactor a leña beneficia al propio usuario, ya que le permitirá usar
menos leña y limpiar con menor frecuencia el cañón de la estufa. Asimismo,
usar leña seca resulta bastante más económico que usar leña húmeda.
Por lo mismo, no hay razón para que una buena campaña educativa en
tal sentido falle.
Por último, si las medidas anteriores se consideran insuficientes, se podría
generar un poder comprador para las estufas antiguas más contaminantes.
Éstas podrían ser compradas por el Estado o por los proveedores de estufas
nuevas, como condición para vender sus productos.
En resumen, frente al problema de la contaminación por leña, la prohibición
de su uso no parece ser la mejor solución.
Por Eduardo Jahnke S.
Ingeniero Civil Industrial
Julio 2007
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